lunes, 10 de mayo de 2010

2da versión. Discurso, rol y adecuación: El problema de la repartición del Poder en el aula.

Al enfrentarse el profesor a alumnos cada vez más distraídos, desmotivados, desilusionados con respecto a las alternativas que la educación puede o podría proporcionarles ¿De qué manera, nosotros los docentes, podríamos enfocar su atención hacia contenidos que no despiertan su curiosidad, hacia realidades que asumen como lejanas y sin sentido, hacia prácticas tan distantes de sus referentes de estilo y comportamiento? ¿Cómo hacer coincidir los intereses de dos personajes ya antitéticos por la distancia generacional? ¿Cómo impermeabilizar el aula de la carga social que asigna significados antagónicos a las figuras del maestro y del alumno?

Históricamente, a la figura del profesor se le ha asignado una significación social comparable a los arquetipos de la autoridad, al mismo nivel de la clerical o la castrense. Frente a una audiencia que sostiene esta mirada, el docente, quizás de forma inconsciente, ha interpretado este papel, asumiendo como única alternativa el discurso monológico, frontal, seco, más cercano al tono de la orden que al de la sugerencia, que estimula la curiosidad. La tarea de lidiar con la responsabilidad de ser fuente de conocimientos, además se ve sobrecargada por el hecho de ser considerado como el referente moral de estudiante, un modelo de lo que debe ser el ciudadano decente y socialmente estimado.

Frente a esta realidad existe una fuerza imparable, que realizará todos los esfuerzos posibles con tal de desarticular cualquier rasgo de autoridad y convención social, de normalidad y pasividad. Me refiero con esta afirmación, cómo no, al joven. El adolescente se ha caracterizado como portador de un principio de reforma, de incerteza, de transformación. La formación del carácter, la reafirmación del yo, expresadas a través de la apatía y desparpajo son solo algunas de las miles de formas en las que el adolescente exige su reconocimiento como ser pensante, como actor social. Frente a una autoridad que le niega tal reconocimiento y los beneficios que conlleva, toda vez que multiplica sus responsabilidades y presiones, en una contradicción implícita del no/sí reconocimiento, el joven, obviamente, se revela.

Este choque de intereses, de planteamientos con respecto a lo correcto o incorrecto, se manifiesta, en el contexto del aula, en una sola y única situación: clases inútiles, tiempo perdido y hastío con respecto a la situación típica de aprendizaje. Si consideramos como ciertas las ideas de la repartición desproporcionada del poder dentro del aula (la sociedad así lo exige: el maestro manda a un discípulo que no cuestiona), podemos llevar esta relación al plano de cualquier situación en la cual el sujeto debe someterse a una autoridad que le supera y que afecta sus intereses de manera negativa: el sujeto sometido intentará la rebelión, mas la autoridad no transará la comodidad de su sitial.

El aula no es el panóptico mediante el cual la sociedad moldea y construye seres lineales, útiles y productivos, sino que es el lugar que proporciona la oportunidad para el desarrollo del pensamiento que llevará a la libertad individual, y por ende, social. La adecuación de los intereses contrapuestos se llevaría a cabo en el momento en que se asume la realidad de la escuela como una comunidad independiente al contexto mayor, en este caso la sociedad. Considerando esta independencia, los miembros de esta comunidad deben ser educados con la certeza de su igualdad. Una repartición pareja del poder es un primer paso, y es posible en la medida en que se proporcionen las herramientas adecuadas para la simbiosis intelectual entre el docente y el alumno: el profesor entregará conocimientos al alumno, le sugerirá, mas no le impondrá, toda vez que el alumno interpretará y ofrecerá planteamientos con respecto a la información que exigirán más de la experiencia del maestro.

Se sugiere la adecuación lingüística como primera parada en este camino de la reforma: la sociedad impone un discurso por medio del lenguaje, el lenguaje impone la diferencia. El discurso que separa a los miembros de esta comunidad debe ser desarticulado. El profesor, en este caso, deberá adecuar sus conocimientos a los requerimientos del habla del joven: dejar de lado el tecnicismo, la frase probada, la referencia al libro, y entregar un mensaje inteligible para un público que posee conocimientos diferentes a los de él, pero igualmente válidos. No se habla de la caracterización del docente como la estrella pop del momento, sino que de una adecuación a los usos y costumbres del alumno. Si la sociedad ha impuesto un discurso que entrega roles no equitativos en su participación en el ejercicio del poder, la comunidad del aula se defenderá por medio de la enunciación de un nuevo discurso que propondrá la igualdad reflejada en la adecuación lingüística y la simbiosis.

Jocelyn Pino Cordero

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