lunes, 10 de mayo de 2010

2da versión. La existencia de un autor-Dios en el libro Niebla de Unamuno

La novela Niebla escrita en 1907 y publicada en 1914, es de la generación del 98, en la cual se tratan temas como la libertad, la autonomía personal, la realidad de existencia y personas como sueños de Dios, por ejemplo, El tema precisamente de Dios es recurrente en sus obras como se da en San Manuel Bueno Mártir. Más no deja de ser indudable que el libro en cuestión le brotó a Unamuno del alma: esa lucha por la fe, ese quijotismo romántico. En Vida de don Quijote y Sancho, 1905, se funde admirablemente todo cuanto Unamuno saco de sí y todo cuanto tomó y no es poco de Kierkegaard, James y otros. Unamuno encontró en Kierkegaard la idea de su obra, la idea encerrada. Como Unamuno dijo, y por esa época, no todos pueden plagiar recreando lo plagiado.

Principalmente me centraré en el problema que trata en la existencia de un autor Dios que maneja los hilos de nuestra vida, de la vida humana, dejando al descubierto nuestra ausencia de ser, nuestra dependencia y nuestra falta de libertad, que recrea la novela Niebla.

El pensamiento filosófico de Unamuno deja, sin embargo, abierta la posibilidad de intervenir de forma activa en el sueño del ser superior que nos crea, y modificar de algún modo, nuestro destino.

En el mismo sentido en que los personajes en la novela de un escritor se rebelan contra la tendencia que le lleva a transformarlos en muñecos de su fantasía o en altavoces de sus opiniones, como cada uno de nosotros también nos sublevamos contra la posibilidad de que nuestro autor –o nuestro “soñador”– nos dirija y maneje a su antojo. Pero, por bien trabados que se hallen los personajes con los sueños del autor, siempre existe la posibilidad de que introduzcan algún cambio, al igual que los actores en el escenario, pueden aprovechar el descuido del director o simplemente el olvido, para deslizar por entre las palabras dictadas algunas que no figuran en el texto.

Así, pues, si la realidad de un ser humano es, de alguna manera, el contenido de un sueño, no se halla por entero a merced del soñador. Lo que llamamos “sueño” en rigor, la lucha entre el soñador y lo soñado. Esto explica por qué “ser real” quiere decir ser soñado y, a la vez, tratar de escapar de las redes tendidas por el soñador.

La dependencia entre ambos es una interdependencia, pues, aun cuando la persona soñada se siente más asfixiada, sigue teniendo conciencia de que puede influir sobre el sueño y, por tanto, sobre la vida de su soñador, o de su autor.

Si imaginamos a Dios como el Gran Novelista, “soñar el mundo” es un modo de decir “crear el mundo”. Los seres humanos y los personajes llamados de “ficción” participan en tal caso del mismo tipo de “realidad”. Y, como Dios puede ser, asimismo, como Unamuno escribe, “el sueño de cada hombre”, no habría entonces manera de saber quién soñaría a quién porque cada uno soñaría a todos los demás.

Este problema de la esencia del hombre, de su contradicción interna, de su falta de autoconocimiento, se desarrolla a lo largo de la novela a través del diálogo, que representa la forma para plantear la multiplicidad.

La crítica tradicional sostiene que Augusto Pérez es, por una parte, alter ego de Unamuno, o bien el anti-Unamuno, personaje esteticista, pasivo, indeciso. No son sus actitudes, sino las del ser disociado, ésto se tratará de investigar para así reconocer claramente el carácter del autor acerca de si escribe desde una perspectiva de su otro yo, o una oposición acerca de su pensamiento con respecto al motivo autor- Dios.

Romina Soro Valdivieso

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